CRÍTICA: PUÉRPERA
 

Por: Ana Laura Herrera

 

 

Puérpera: un viaje al interior de una maternidad herida

El pasado 1 de julio concluyó la XXI edición del Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz con la presentación de Puérpera, del colectivo Proyecto Ataranto, proveniente de Baja California. Escrita y dirigida por Mónica Mancilla, con actuación de María Vale Nevárez, la obra propone una inmersión en uno de los territorios menos explorados de la maternidad: la depresión posparto y el duelo que puede habitar el nacimiento de un hijo.



Al cruzar el umbral de la sala, el espacio ya se encuentra habitado por una atmósfera inquietante: un paisaje sonoro compuesto por el susurro del mar, llantos de bebé y otras resonancias crea un ambiente algo  lúgubre   que anticipa el universo emocional de la pieza.

La dramaturgia aborda un tema que poco a poco ha comenzado a ocupar un lugar en la conversación pública, pero que aún permanece rodeado de silencios y estigmas. La depresión posparto aparece aquí no como una explicación clínica, sino como una experiencia profundamente humana, atravesada por la culpa, el miedo, la frustración y la imposibilidad de responder al ideal romántico de la maternidad.

foto:Imágenes de plata


Durante los primeros minutos, la escena se concentra casi exclusivamente en el cuerpo de María Vale Nevárez. Sin recurrir a la palabra, la actriz construye una serie de imágenes vivas que funcionan como postales de un cuerpo atravesado por la memoria, el dolor y la transformación. Es un inicio que exige paciencia y disposición del espectador, pero que recompensa con una carga poética. Puérpera es una propuesta arriesgada y poco convencional que encuentra equilibrio entre sus elementos escénicos. Un gran acierto es la pileta de agua, cargada de simbolismo que acompaña la transformación física y emocional del personaje, un elemento orgánico de enorme potencia, representando el líquido amniótico, los fluidos del nacimiento y el mar.




foto:Imágenes de plata

La iluminación diseñada por Eduardo Catalán es destacable. Más que delimitar espacios, la luz dialoga con las emociones de la protagonista y acompaña las distintas capas del relato. Metaforiza  sentimientos difíciles de teatralizar, guiando la mirada del espectador hacia estados de vulnerabilidad, angustia y contención.La actuación de María Vale Nevárez es precisa y contenida, encuentra la fuerza en un su trabajo corporal y en una interpretación honesta, que permite transitar por las contradicciones de una mujer que narra el momento más traumático de su vida: una dramática cesárea, circunstancia que modificó radicalmente su experiencia de la maternidad.

foto:Imágenes de plata

Hubo factores externos que afectaron la experiencia. En repetidas ocasiones, al menos media docena durante la función, los teléfonos celulares interrumpieron mi concentración y rompieron la delicada atmósfera construida por la puesta. No obstante la actriz logra sostener su nivel de concentración y energía pese a estas insolencias.

Finalmente, vale la pena reflexionar sobre un aspecto que suele pasar desapercibido en muchos festivales: como realizan el protocolo de cierre. Quizá sería pertinente permitir unos instantes de silencio, un cierre de telón o una salida de la intérprete antes de dar paso a la clausura. Este gesto, aunque comprensible desde la logística del festival, termina por irrumpir en el tiempo ritual que la obra acaba de construir. En este caso después de una entrega escénica de tal intensidad, donde la actriz permanece en escena aún empapada y emocionalmente expuesta tras un intenso recorrido físico y emocional

foto:Imágenes de plata

Puérpera es una puesta que no busca ofrecer respuestas ni tranquilizar al espectador. Su mérito radica en abrir un espacio para mirar de frente una experiencia que suele permanecer oculta. Con una sólida factura escénica y una interpretación de gran honestidad, la obra recuerda que el teatro también puede ser un lugar para nombrar aquello que socialmente aún cuesta decir.




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